Para la naturaleza y para el hombre

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¿Qué es lo más importante para la vida del hombre? Podemos utilizar la conocida respuesta hindú : tanto uno como otro, ni uno ni otro. O sea casi todo. O, casi no hay algo que sea importante de verdad. O como decía mi tía inglesa, que falleció hace algunos años: todas esas cosas que no se necesitan y de las que no se puede prescindir.

El mundo nos precedió y seguirá estando después de nosotros. La locura de la ecología es nuestra locura particular, del hombre. En realidad, no es importante para todos. Se puede vivir en una isla de hormigón gris iluminada por lámparas fluorescentes, con autopistas, aeropuertos, centros comerciales, publicidad callejera agresiva y donde todo ya está dentro del chip de la computadora o del teléfono celular. O se puede vivir en un lugar en el que hay una casa con techo alto (para que no haga calor en el tórrido verano mediterráneo), con paredes que aíslen del frío y del calor, con ventanas grandes (para dar paso a la luz maravillosa que hay aquí la mayor parte del año) y recordar que cada una de las ventanas de la casa es el marco de una imagen que vemos, que nuestros niños ven y por lo tanto, conviene que el panorama desde él (y desde la casa de enfrente) sea idéntico.

Por supuesto que no se trata de cosas importantes: se puede vivir sin ellas. La mayoría vivimos en bloques, encendemos la luz, el acondicionador de aire y la computadora y nos zambullimos en ella. El medio ambiente carece de importancia en lo que atañe simplemente a la supervivencia de la humanidad. Todas esas cosas que no se precisan y de las que no se puede prescindir. ¿Que no se puede? ¿Creer a la anciana muerta, que nació a comienzos del siglo XX? ¿Que era una romántica idealista? ¿Hermana de mi padre, que jamás tuvo licencia de conductor y que iba de aquí para allá excavando ruinas para saber cómo era la agricultura hace 2000 años y qué aspecto tenía el entorno humano? ¿Que leía libros y decía que no hay nada que no te esté permitido saber?

Las terrazas de la antigüedad y los manantiales de las colinas de Jerusalén son el panorama en el que nací. Toda el área que según los planes grandiosos se convertirá en una fea ciudad de edificios de apartamentos entre Hasataf y Beit Shemesh. El temor demográfico humano que sienten los judíos ante la posibilidad del incremento de la mayoría árabe en Jerusalén convertirá a los pequeños manantiales, a las antiguas terrazas y a las parcelas en las colinas en edificios anónimos y fríos, construidos por contratistas que ganaron licitaciones “arregladas” por políticos avispados.

El medio ambiente no es importante. No importa para nada. ¿Qué importa un manantial cuando peligra el futuro del pueblo judío y su soberanía? Zambullirse desnudo en un caluroso día de verano en el estanque de un manantial. Echarse entre los pinos y ocultarse con alguien entre la vegetación y saber que siempre fue así. Eso no tiene la más mínima importancia. Estar en la cama es más cómodo.

¿Qué importancia tiene recobrar la faja costera de Jaffa? ¿Para quién? ¿Para la naturaleza? ¿Para el mundo? Al mundo no le importa. Es indiferente en el sentido que le dio Spinoza, que todo el mundo es alma y Dios. También nosotros tenemos algo de esta alma. En realidad, mejorar el mundo es como automejorarnos. Claro que esto es una reverenda tontería. ¿Qué me importa que los habitantes de Jaffa, judíos y árabes, se llenen de orgullo por la ciudad más antigua del Mediterráneo? Por su maravilloso puerto que algunos tratan de matar pero sin éxito y, ¿con la ayuda de Dios lograremos convencer a la Comisión Nacional de Planeamiento y Vivienda que un segmento de costa abierta a todos en la parte sur del puerto, ese que la Administración de Tierras de Israel quiere vender a promotores, es más importante? No tenemos ninguna probabilidad. Y lo que es más importante, no tenemos dinero. Los burócratas no saben medir esas cosas que no son importantes y de las que no podemos prescindir.

¿En qué creo pues? En nada. No creo en nada. Pero siento respeto por el mundo antiguo, por la historia natural del mundo del que formamos parte y tengo la esperanza de que algún día cuando esté caminando por uno de los lugares que amo en este país pueda mirar una roca y saber que detrás de ella me escondí con alguien y que mi niña observe mi mirada y sonría. No quiero que nadie me la mueva y construya ahí un centro comercial o una carretera o que tienda una línea de alta tensión. Porque el medio ambiente, como el amor, o la memoria, no tiene propósito en el mundo material-económico, no se puede medir en una balanza y por lo tanto yo, como los ridículos personajes de Cervantes, corro a proteger a todas esas cosas que no son importantes y de las que no podemos prescindir.




 

Tsur Shezaf es escritor, fotógrafo y activista en bien del medio ambiente. En el pasado escribió en el periódico local 'Hair', en Ynet y en 'Masá Ajer'. Ha publicado libros de viajes y de fotografías. La editorial Yediot Ajaronot publicó recientemente su libro 'El camino de la seda'. Encabeza la asociación 'Yafo Yefet Yamim' en cuyo contexto lucha por el panorama físico y social de Yafo.